sábado, diciembre 4

Una promesa no se rompe

Un hombre pájaro expulsado por un cañón desde un circo atraviesa toda la ciudad. Va de un lado a otro, por varios días. Unos se asombran y otros se divierten. Es uno de esos personajes singulares de las películas de Kusturica.

Próximo a la muerte, el abuelo (Aleksandar Bercek) le pide a su nieto Tsane (Uros Milovanovic) que cumpla sus últimos tres deseos: que se marche a la ciudad para vender una vaca, comprar un icono religioso y que vuelva con una esposa. Al final, la búsqueda se convertirá en un viaje iniciático para el joven, que nunca antes había salido de su pueblo. 

Se trata de Zavet (Prométeme, 2007) el octavo largometraje escrito y dirigido por Emir Kusturica, que pasó sin pena ni gloria.

Obviando dos prejuicios fundamentales en la obra del director serbio: uno, que es Kusturica, simplemente; y dos: que el director siempre muestra la cultura de un país donde la alegría y el amor reina por sobre todos los conflictos… Zavet se vuelve un laberinto de imágenes repetitivas que parece que hemos visto en otras de sus películas.

El niño inocente, el mafioso drogadicto, los malvados armados hasta los dientes que matan sin piedad y con burla, el uso y abuso de la cocaína, las tetas de las prostitutas, los ancianos sabios y la relación del hombre con los animales, conforman una historia divertida, pero no para morirse de la risa. Tiene escenas completas rescatables. Fue nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2007, lo que algunos críticos consideran “incomprensible”.

Aunque no he visto las 20 películas de Kusturica, es un director que sigo desde hace tiempo (y a su música) y creo que tiene mejores propuestas. Sin embargo, Zavet se puede ver y disfrutar desde el humor que caracteriza la cultura del sinsentido y de la esperanza.
  

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