miércoles, abril 13

Mommy

Monzantg
11/04/2016


Pocas veces siente uno que realmente entró y salió de la vida de un personaje. Casi siempre lo que sentimos es nostalgia por el final y a veces habríamos querido seguir observando, escarbando.
Sobre Die, una mujer eternamente joven, libre y errática, para quien, al parecer, no se daba aquello de ser madre, todo parece haber quedado dicho. Su historia no es diferente a la de una latinoamericana del margen, siempre en apuros económicos, en este caso después de la muerte de su esposo, hace tres años, por lo que quedó obligada a encargarse de Steve.
Una madre dirá que no haría al peor de sus hijos lo que Die hace a Steve, en más de una ocasión; otra madre, con una historia personal semejante o distinta a la de Die, pero con un hijo como Steve, quizá no solo no la condena sino que, juntas, liberan culpa.
Además, con Mommy tengo la sensación, más que nunca, de no ser más que el fisgón adolescente que mira, por tiempo limitado, a través de la rotura de esa falsa pared que nos separa de Die y Steve.
Y de Kyla, ese personaje tan conflictuado o quizá más que el propio Steve, a quien ayuda a controlar sus demonios hasta que Die toma las decisiones que toma.
Die, la viuda, tiene unos hábitos y una gestualidad que la mantienen viva y, además, deseable para cierto público masculino. Kyla, en cambio, es parte de un núcleo familiar básico mamá, papá, hija dentro de una casa en la que poco parece estar en su lugar.
Pero así como Die vive en el afuera y parece no haber manera de hacerla entrar en ninguna parte, Kyla vive dentro de sí misma, de espalda a su familia, con la mirada en la ventana como quien necesita lidiar su drama desde otros más ajenos. Pero ahí no acaba Kyla, una profesora sobre la que el espectador tendrá que decidir casi todo.
Un cuarto personaje es, precisamente, ese tipo de hombre al acecho del personaje femenino que es Die. De los cuatro todos seres humanos solos‒, los tres primeros son dignos de prestar atención a un director canadiense que también produce, hace el montaje, se encarga del vestuario y, sobre todo, escribe su guión. Otro etnógrafo ‒como Linklater y Gus Van Sant‒ con la cámara de cine puesta en la cotidianidad, en este caso de una Canadá siempre remota.
Un drama crudo. Espeso. Poético. Con el realismo y la profundidad con los que, de Sófocles a Shakespeare, se miran, como si las metiéramos en un laboratorio, las ruinas y miserias de almas destajadas.
Una de esas películas de paisaje bello. A punto de explotar. Con un desregulado, hiperactivo, pirómano y violento adolescente que, a mi gusto, no es más que una excusa en el guión para contar la historia de dos mujeres.

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